miércoles, 16 de diciembre de 2015

Sección personal: Microrrelato

Buenos días lectores,

Hoy estrenamos una nueva sección en la que espero poder publicar cada semana. Se trata de una "sección personal", como la he querido llamar, en la que os dejaré varios de los relatos que he escrito para una asignatura de escritura creativa del máster que estoy realizando.

Este microrrelato en particular trata de una moneda de euro que tiene que pasar por distintas manos y contar las historias de cada una de esas personas.

Espero de corazón que os guste.

Jean Pierre era un niño de unos diez años, alegre y apasionado, cuyo sueño por encima de todo era ser pintor. Y lo tenía totalmente claro porque era un muchacho muy maduro para su edad. Vivía con sus padres y su abuela en el barrio de Le Marais de París, una ciudad que le apasionaba y por la que nunca se cansaría de pasear por sus calles, aunque en estos días no fuera tan seguro después de todos los atentados y amenazas yihadistas.Era una mañana de sábado y, como todos los sábados, Jean Pierre estaba deseando que llegaran las 11:00 horas para ir con su abuela Dorianne a los Jardines de Luxemburgo. Pero cuando llegó la hora, su abuela le dijo que no era conveniente ir allí porque no era un lugar seguro. Toda Francia estaba amenazada y su familia estaba preocupada.
Al ver la expresión triste del niño, Dorienne se apresuró a darle una idea que le sacaría, sin duda, una sonrisa. Le dio un euro y le dijo que fuera a comprar un lienzo a la tienda de pintura de la esquina, para pintar estos jardines que tanto significaban para ambos. De un salto, Jean Pierre dio un abrazo a su abuela y se levantó del sofá de cuero de su casa y salió a comprar su primer lienzo. Estaba tan feliz en ese momento que cuando llegó a la tienda y le pidió un lienzo a Henri, el dueño, éste le regaló también uno de los pinceles que tenía. Ya se conocían porque Henri conocía a los padres del muchacho y conocía su pasión por el dibujo y por el arte en general.
Henri, en ese momento, decidió cerrar una hora la tienda e ir caminando con el euro que le había dado Jean Pierre más el dinero que tenía en su cartera a Pierre Herme, una de las mejores pastelerías de París y de todo el mundo para darle una sorpresa a su esposa por su décimo aniversario. Alexandra se había quejado últimamente porque Henri se pasaba el día trabajando y pintando y apenas pasaban tiempo juntos. Había decidido comprarle bombones, flores y celebrarlo con una cena romántica en Maxim´s. Suponía un gran esfuerzo económico para él pero Alexandra se lo merecía. Era la mejor esposa del mundo, pensó  Henri. Siempre le apoyaba en todo aunque no estuvieran de acuerdo, siempre acudía a sus exposiciones aunque tuviera otros compromisos y admiraba su arte como si se tratara del mismísimo Van Gogh.  

Cuando Henri llegó a Pierre Herme, seleccionó la caja de bombones de chocolate negro relleno de naranja, los favoritos de su esposa, y pagó a la elegante mujer que le atendía con un billete de veinte que tenía en su cartera. Le contó que era un regalo para su esposa, a la que adoraba, y la señora se lo preparó cuidadosamente con un precioso papel fucsia y un enorme lazo dorado. Henri, como propina por su amabilidad, le dio el euro de Jean Pierre. Salió de la tienda y emprendió su viaje de vuelta al trabajo.
Esta amable señora que le había atendido, cuyo nombre era Sandrine,  se quitó el delantal que llevaba puesto, con las iniciales de Pierre Herme en color dorado y lo dejó en la cocina.  Se despidió de sus compañeros y se marchó, pues ya había acabado su turno. Tenía muchas ganas de llegar a su casa y descansar, estaba harta de estudiar y de trabajar al mismo tiempo. Se estaba preparando para ser abogada y tenía los exámenes en apenas un mes. Tenía que estudiar, ir a las clases, trabajar y descansar. No le daba tiempo para todo y estaba realmente agotada. La suerte era que vivía a sólo diez minutos a pie de la tienda y a unos siete minutos si caminaba rápido. Así que empezó a andar deprisa. Al doblar la esquina de la Rue Sainte-Croix de la Bretonnerie, se chocó sin querer con una mujer de cabello pelirrojo y muy alta. Al verle la cara, se dio cuenta de que era Mademoiselle Pinaud, su profesora de Economía de primer curso, con la que tenía muy buena relación desde hacía ya dos años. Le contó que había salido del trabajo, que estaba cansadísima y que se iba a casa a descansar antes de su clase a las 16:00 h. de la tarde y le preguntó hacia donde se dirigía ella. Pinaud le contó que acababa de salir de casa, vivía en esa misma calle, y que había salido únicamente a comprar una baguette y a despejarse, pero que se había olvidado de coger el monedero. Tenía una expresión triste, algo poco habitual en ella, y le contó a Sandrine que tenía problemas con su marido. Esta la abrazó y la consoló mientras varias lágrimas le caían de los ojos. Le dijo que debía animarse y le ofreció el euro que le dio Henri para comprar el pan. Lo aceptó encantada y fue a la panadería más cercana, que era la de la Rue des Archives.
No consiguió entrar a la panadería. Cuando estaba llegando a la puerta, oyó un estruendo ensordecedor y una fuerza tan grande que la empujó hacia el suelo. Se debía de tratar de una bomba. Al levantar la vista y sin tiempo para reaccionar, vio a docenas de personas corriendo hacia donde ella estaba y vislumbró a varios encapuchados que les perseguían con armas en ambas manos. Intentó levantarse, pero debía algún hueso de la pierna derecha roto, puesto que no se podía mover. Notó un dolor muy fuerte en el pecho y supo que le habían disparado. Sus últimos pensamientos fueron para Henri, el hombre al que más había querido en toda su vida y de la persona de la que le hubiera gustado despedirse. Ojalá estuviera en ese momento allí, no para que la viera morir sino para decirle cuanto le amaba. Que, a pesar de todas sus peleas y discusiones, era el amor de su vida y una de las principales razones de su felicidad. Ahora ya nada importaba, se había acabado todo.Y el euro de Dorienne, Jean Pierre, Henri y Sandrine; el euro que tantas vueltas había dado, se quedó en el centro de su mano extendida en el suelo de las aceras del París de Le Marais, viendo cómo la vida y las ilusiones de Alexandra Pinaud se apagaban lentamente.



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