Parece mentira, pero ya estamos a 15 de julio, lo que implica que hoy debo publicar mi segundo relato del Taller de Literatura, que como ya comente creó Leara en su blog Be Literature.
Bien... Pues para este relato teníamos dos inspiraciones, como siempre. En esta ocasión, una frase y una canción:
"Pero tú no naciste para la muerte, ¡Oh, pájaro inmortal!"
Por razones desconocidas, ya sea porque adoro la música o porque siempre es esta la opción que me inspira, siempre elijo la canción. Así que con lo dicho, aquí tenéis mi relato y para leerlo plenamente deberías darle al play a la canción de arriba, ya sabéis.
Como en un sueño me miré al espejo y observándome fui consciente de que hacía tiempo que ya no me reconocía. Algo había cambiado, algo dentro de mí. Mis ojos desvían la mirada, engañándose a sí mismos.
Había cambiado, no sabía si para bien o para mal, pero el cambio era palpable, pero mi alma intentaba resistirse a evolucionar. Deseaba quedarse atrapada, durmiendo suavemente mientras el mundo seguía girando. Sin embargo, yo ya no era esa clase de chica, así que miré directamente al fondo de mis ojos y me dije: hoy es día en el que todo cambia, es un todo o un nada.
Miré mi pelo, otro rasgo de mi cuerpo que estaba estancado, era propio de una princesa, mientras que yo ahora era una guerrera en potencia. Agarré mi larga cola de caballo castaña, y sin apenas dudar, con ayuda de unas tijeras la corté. Mi pelo cayó al suelo rompiendo el aire en una suave onda, mientras mi mirada seguía cada cabello hasta su final.
Volví a mirarme al espejo y empezó a gustarme lo que veía, reconocía mis ojos marrones enmarcados por ese pelo corto. Pero faltaba algo, abrí el grifo del agua ahogando un pequeño suspiro, me sumergí bajo ella, el agua era fría y despertaba cada fibra de mi piel, que había estado contaminada y durmiendo hasta ese momento. Con un gran soplido cerré el grifo y volví a mirar mi reflejo, ahora sin ningún rastro de maquillaje, esa era yo. Unos ojos grandes marrones rodeados por unas pocas ojeras, pero eso no importaba, los días de insomnio habían acabado.
Bajé la mirada de mis ojos hasta mi boca, donde mis labios dibujaban una sonrisa traviesa. Ese era mi auténtico yo, el que había intentado ocultar dejándome llevar por la marea, en vez de forjar mi propio camino, aunque fuera un poco descarriado. Mis ojos, ahora me confirmaban que estaban satisfechos y mis pestañas bailaban al unísono.
Bueno, éste ha sido mi desvarío del segundo relato. No sé por qué escribo todo en primera persona, intentaré hacer algo diferente en el próximo. Espero que os haya gustado, y si por lo contrario, lo odiáis con más razón darme vuestra opinión.




